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Publicado el 03-18-2010
Nunca es tardeCUENTO BREVE |
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Habían tomado su tiempo, pusieron la caja al revés con el palito que la sostenía por un lado y atado a este un cordel largo que Cristóbal y Rafael sostenían por el otro extremo. Tuvieron mucho cuidado de poner abundante maíz molido debajo de la caja y ahora tendidos en el suelo cubiertos por unos cartones esperaban a sus presas. Estas, descendían volando de las antenas aéreas que cada casa tenía en la azotea para sus televisores. Aterrizaban suave, con precaución: tortolitas, palomas torcaces, gorriones, cuculíes que picoteaban el maíz fuera de la caja y se acercaban a esta donde estaba la mayor cantidad del maíz. Por instinto tenían su recelo y daban numerosas vueltas sin entrar. Los dos niños que eran vecinos y acababan de cumplir los diez años, se mantenían inmóviles y apenas respiraban cuando las avecillas parecían ya poner una pata o meter la cabecita debajo de la trampa. Una torcaza bajó al parecer con mucha hambre y rápido se metió debajo de la caja. Cristóbal jaló el cordel y tenían un prisionero más para su colección. De inmediato salieron de su escondrijo y poniendo una tela debajo de la caja pusieron al cautivo dentro de una jaula muy grande donde revoloteaban otras avecillas capturadas de la misma manera. Muchos de esas se habían adaptado a su cautiverio ya que tenían comida, agua y nido asegurados y poco a poco habían dejado de estrellarse contra las mallas metálicas, en un vano intento de libertad. La azotea donde cazaban Cristóbal y Rafael era común para doce familias que vivían en el sexto y último piso del edificio. Solo se necesitaba abrir un boquete en el techo para tener acceso a su pedazo de cielo. Existía un obstáculo para que cada familia abriera su agujero en el techo y mediante un par de paredes de ladrillos lotizara su espacio y este era el económico. Únicamente tres familias lo habían logrado, la de Cristóbal era una de ellas. La numerosa familia de Rafael pasaba muchas penurias y aunque este insistía a su padre por tener su acceso propio, había tenido que conformarse con subir por la casa de Cristóbal y ser un cazador invitado. Una tarde que Rafael regresaba de la escuela encontró a su padre que conversaba con un señor que vestía un overol descolorido, rotoso y con manchas de ... |
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